Geral Marx e nós(otros) Teoria Crísica

Apuntes a-disciplinares sobre un “campesinado” dialéctico

Por Alex Martins Moraes

El “campesinado” dialéctico, voluntario, se constituye allí donde la lucha por la tierra y el debate sobre la producción se convierten en una cuestión colectiva que subsidia la invención de un nuevo sujeto político, capaz de disputarle la capacidad de mando a los detentadores del capital. En ausencia de ese tipo de proceso de constitución subjetiva, el “campesinado” no es más que una categoría volátil, políticamente inoperante, de análisis científico-social.

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Estas reflexiones se realizaron en el módulo “Marxismo y campesinado”, en el contexto del curso “Aportes de la antropología social al estudio del campesinado y las ruralidades”, impulsado por el Núcleo de Estudios Rurales de la Universidad de la República (Uruguay). Agradezco a Pablo Díaz, Francesca Repetto e Inti Clavijo por la invitación a intervenir en dicha instancia de aprendizaje, lo cual me permitió sistematizar algunos esfuerzos teóricos orientados a pensar la categoría de “campesinado” como un operador del pensamiento dialéctico.

Espero sepan disculpar mi decisión de leer los planteos y las reflexiones que me gustaría compartir con ustedes el día de hoy. Esta fue la estrategia que encontré para preservar los matices de mi argumento sin correr el riesgo de extenderme demasiado en mi exposición. Trataré de ser lo menos aburrido posible. A ver cómo me sale…

Antes que nada, me parece oportuno hacer una aclaración en cuanto al “lugar de habla” desde el cual voy a intervenir en los debates que nos convocan esta tarde.

La idea de esta parte del encuentro era hilvanar convergencias, divergencias e intersecciones entre marxismos y antropologías respecto de la problemática del campesinado. Aunque estudié antropología y practico el marxismo, no me siento en condiciones de ofrecerles una cartografía detallada de los itinerarios que han recorrido ciertas categorías muy valoradas por la tradición marxista en los territorios de la disciplina en la que me formé. No soy experto en antropología marxista y procuro alejarme del marxismo antropológico. Mi espacio de reflexión teórico-política es un colectivo independiente llamado Máquina Crísica. Allí, desarrollamos un abordaje del marxismo que no responde a la problemática de ninguna disciplina académica, sino a cuestiones que emergen de las luchas y compromisos colectivos con los que nos fuimos involucrando a lo largo del tiempo. Algunos de estos compromisos, asociados a la lucha por la autonomía intelectual e investigativa en el espacio de la universidad, suponen un cuestionamiento de la forma en que, desde la misma disciplina antropológica, se conducen las dinámicas de formación académica y se pretende intervenir en la orientación o la gestión de ciertos procesos políticos. Es en razón de este tipo de compromiso que mi relación con la disciplina antropológica es una relación crítica. El marxismo desde el cual yo les hablo hoy, es un marxismo que me permite vivir críticamente el proceso disciplinario de la antropología y pensar, en tensión con dicho proceso, otras formas de practicar la investigación social y experimentar las situaciones de interlocución que se desarrollan en el trabajo de campo. Ese mismo marxismo, enemistado con los protocolos académicos de producción y enunciación del conocimiento, es el que me referencia a la hora de plantear algunas reflexiones en torno a la palabra “campesinado”. Así que, en síntesis, lo que les voy a hablar a continuación es el reflejo de un encuentro –o, más bien, de un desencuentro mediado por una ruptura– muy específico entre la disciplina antropológica y el dispositivo político-teórico del marxismo. Hubo muchísimos más (des)encuentros de este tipo, con consecuencias más o menos terribles para cada una de las partes involucradas en ellos. Si tienen interés, lxs invito a recorrerlos desde sus propias inquietudes y, si quieren, les puedo recomendar algunos textos que podrían ayudarles a situarse respecto de dichas tensiones.

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Arranco de forma medio abrupta, con un par de citas de Marx y de Lenin que aluden a la problemática del campesinado. Las primeras citas deben contextualizarse en el esfuerzo de Marx por explicar por qué el proyecto centralizador y reaccionario de Luis Bonaparte, sobrino de Napoleón, recibió el apoyo de las masas rurales en Francia, primero en las elecciones de diciembre de 1848 y, después, en la consumación del golpe de Estado del mismo Bonaparte, en diciembre de 1851. La segunda cita pertenece a un texto de 1903 en el cual Lenin se dirige a “los pobres del campo” en condición de militante y dirigente del Partido Obrero Social Demócrata Ruso.

Nos dice Marx respecto de los campesinos: “cada familia campesina es casi autosuficiente; ella produce buena parte de lo que consume, sus medios de subsistencia se adquieren más en el intercambio con la naturaleza que en el intercambio con la sociedad (…) A la medida en que millones de familias campesinas viven en condiciones de existencia que las separan unas de otras y oponen su modo de vida, sus intereses y su cultura a los de otras clases de la sociedad, estos millones de familias constituyen una clase. Pero, en la medida en que existe, entre los pequeños campesinos, apenas un vínculo local y en que la igualdad de sus intereses no genera entre ellos ninguna comunidad, articulación nacional, ni organización política, en esa exacta medida no forman una clase”. Y más adelante: “al no poder representarse [en tanto clase], deben ser representados”. Luís Bonaparte representaría a los campesinos al representar la pequeña propiedad. Sin embargo, según Marx, Bonaparte no representa al “campesino revolucionario”, que empieza a cuestionar la total subordinación de la pequeña propiedad al capital financiero, sino al “campesino conservador”, que quiere que su propiedad sea protegida por el “fantasma del imperio”. Habría, pues, unos intereses campesinos que, pese a haber sido sistemáticamente reprimidos por un poder burgués que finalmente sucumbió ante Bonaparte, ya apuntaban, de todos modos, a la contradicción con los intereses del capital. Por ello, en palabras de Marx, “los campesinos encuentran su aliado y líder natural en el proletariado urbano”. Sin los campesinos, dice Marx, “el timbre solitario de la revolución proletaria se tornará un canto de cisne”.

Ahora, pasemos a Lenin. Cito: “Que cada uno que vive en el campo mire alrededor: ¿acaso la unión en el mir es similar a la unión de los pobres para luchar en contra de todos los ricos, en contra de todos los que viven del trabajo ajeno?” (Una observación: mir es la comunidad agraria rusa tradicional). Lenin prosigue: “Las dos cosas –la unión voluntaria y el mir– no se parecen y no podrían parecerse. En cada aldea, en cada comunidad, hay muchos asalariados agrícolas, muchos campesinos empobrecidos y hay gente rica que emplea asalariados y compra tierras. Estos ricos son también miembros de la comunidad porque constituyen una fuerza en su interior. ¿Pero nosotros necesitamos una unión en la que los ricos son los jefes? De ninguna manera. (…) Necesitamos, esto sí, una unión voluntaria de personas que comprendan la necesidad de unirse a los obreros de la ciudad. Y la comunidad no es una unión voluntaria, es una unión oficial”, etc. Más adelante, Lenin propone la creación de “comités para devolver a los campesinos las tierras que les fueron sustraídas” en el período de eliminación de la servidumbre en el Imperio Ruso, hacia 1861. En esos comités residiría en núcleo del poder campesino y el puente para la articulación de sus intereses con los de la clase obrera urbana organizada.

Sugiero que estos pasajes de Marx y Lenin participan de un pensamiento que es dialéctico, y no meramente analítico. Grosso modo, diremos que el pensamiento analítico suele reducirse al conocimiento de un objeto, con lo cual sólo lo que se considera como existente, visible, palpable, se vuelve susceptible de ser pensado. La analítica limita el pensamiento al conocimiento de lo existente y realiza el pensamiento de lo existente mediante el despliegue de alguna modalidad de taxonomía, o sea, de clasificación. Así, por ejemplo, el campesino puede etiquetarse de acuerdo con su lugar de residencia, su estructura familiar, sus formas de posesión del suelo, división del trabajo, etc. El pensamiento del Estado y de sus ciencias subsidiarias tiende a ser analítico. En él, se trata de definir y administrar las composiciones sociales existentes tal y como ellas se nos presentan aquí y ahora.

Por otra parte, el pensamiento dialéctico combina, de forma contradictoria, el pensamiento de lo que existe con el pensamiento de lo que es aparentemente imposible y que sólo puede llegar a existir por medio de algún tipo de proceso. El pensamiento de las políticas emancipadoras tiende a ser dialéctico. Las políticas emancipadoras son, en efecto, lo que media y asegura la existencia de lo que parecería imposible en una dimensión dada de la vida colectiva.

El pensamiento dialéctico indaga en los emplazamientos sociales existentes a partir de algún punto de exceso que permite concebir dichos emplazamientos como algo no necesario; como algo que se puede superar.  Enfrentados con los desafíos estratégicos de dos coyunturas diferentes, Marx y Lenin no se proponen desplegar una taxonomía del campesinado, sino más bien una imagen de su existencia actual que está en tensión con un poder-ser potencial que no es fruto de la imaginación de Marx y de Lenin, pero sí la consecuencia de nuevas convergencias que empezaban a dibujarse en el escenario de la lucha de clases.

Para Marx, en la Francia de 1851, los campesinos son una clase en términos taxonómicos, pero no lo son en términos políticos, aunque amenazan con llegar a serlo a partir de su confluencia con el proletariado de las ciudades. Para Lenin, en la Rusia de 1903, el mir es una unidad taxonómica –“oficial”, dice Lenin–  que no tiene por qué ser el único lugar desde el cual podemos pensar la condición campesina y su posible desarrollo. Esto es así principalmente porque existe una fuerza política activa, el Partido Obrero Social Demócrata, que se propone explorar las inconsistencias del mir y que enfatiza las tensiones que oponen, dentro del mir, a los campesinos pobres, por un lado, y a los campesinos ricos y los latifundistas por el otro. Hacia 1903, Lenin puede pensar el panorama agrario de Rusia desde una escisión potencial entre la existencia oficial de los campesinos y su existencia voluntaria, es decir, dialéctica; una existencia que el Partido Social Demócrata estimula y que tendría por consecuencia deseable el ejercicio del poder de los “pobres del campo” sobre los recursos que necesitan para un desarrollo fluido de sus prácticas productivas y el incremento de su bienestar material. Es a este sujeto político potencial, que desafía sus condiciones de existencia actuales, que las bases obreras del partido de Lenin extienden su invitación a una alianza política en contra de toda forma de explotación y coerción basada en la concentración de la riqueza.

Partiendo de estos planteamientos, quisiera seguir explorando las condiciones y las consecuencias de una apertura dialéctica de nuestra mirada hacia el término “campesinado”. ¿De qué es el nombre campesinado cuando su referente no está conformado, de manera exclusiva, por las formas concretas de existencia de un colectivo humano específico? ¿Qué puede nombrar el “campesinado” cuando este deja de ser un concepto del pensamiento analítico para convertirse en la marca de un experimento posible de transformación, recualificación o redimensionamiento de aquellos modos de vida que la mirada analítica se limita a describir en su necesaria complejidad y pesantez?

Voy a hacer pie en una cita de Eduardo Grüner, que Pablo Díaz introdujo en la primera etapa de este encuentro, para seguir examinando la especificidad de un tipo de pensamiento –el dialéctico– que se realiza en el horizonte reflexivo abierto por la acción humana transformadora.

La cita en cuestión dice que “la transformación del mundo es la condición de una interpretación concreta y objetiva”, razón por la cual la misma “interpretación” es parte constitutiva del proceso transformador que la requiere.

Este pasaje pone de relieve lo que, a mi juicio, es una singularidad del marxismo; una singularidad que lo desmarca del campo de las llamadas ciencias sociales a la vez que lo inserta en el horizonte de otra práctica colectiva, a saber, el horizonte de la práctica política.

La práctica política no excluye, de ninguna manera, la actividad investigativa ni la producción teórica. Sin embargo, en el horizonte de la política, tanto la investigación como la teoría ya no apuntan a la mera descripción de lo que existe, sino que se abocan, fundamentalmente, al relevamiento y la enunciación de las condiciones de posibilidad para la proyección de nuevas relaciones sociales.

¿Quién anuncia el advenimiento posible de esas nuevas relaciones sociales? La respuesta es simple: lo hacen los protagonistas de un esfuerzo político concreto.

El marxismo de Marx es uno que se desarrolla en pleno ascenso del movimiento obrero en Inglaterra y en Francia. Marx analiza el desarrollo del capital, su proceso de reproducción y de circulación, desde un espacio político-subjetivo en el cual se afirma y se ejerce la capacidad obrera de negar las condiciones vigentes de explotación del trabajo humano. En el marxismo de Marx, al igual que en otras expresiones del marxismo político, el análisis de clase no equivale únicamente a la exploración analítica de cómo vive y se reproduce una determinada agrupación humana bajo ciertas relaciones de trabajo o de producción. El análisis de clase es concomitante con la evaluación de cómo y bajo qué condiciones el enclasamiento engendra los soportes de su propia subversión y, de este modo, abre camino a la enunciación y la puesta en práctica de otras formas de existencia colectiva.

Cuando Marx y los marxistas clásicos vuelven su mirada hacia las poblaciones rurales, lo hacen desde la posición de quienes participan en la enunciación de la autonomía obrera frente al capital. De ahí que la preocupación clave de esos teóricos e investigadores militantes sea la de indagar sobre aquellas situaciones de conflicto abierto o latente en las cuales el productor directo experimenta el antagonismo con el capital. Es que donde hay un antagonismo con el capital, puede haber un espacio de cooperación política con la clase obrera comunista, es decir, con el proletariado que rechaza una existencia condicionada por las categorías necesarias a la autovalorización del capital.

Quiero recuperar una cita de Marcelo Buzetto, autor que figura en la bibliografía de este encuentro y que me ayuda a sintetizar el planteo que hoy comparto con ustedes. Buzetto es un intelectual militante del MST. Para él, el MST y otros movimientos populares del campo han emprendido un esfuerzo teórico y analítico en torno a la lucha por la tierra y la reforma agraria que se relaciona directamente con “un objetivo político y organizativo”, a saber: “conocer cuáles son las clases sociales en el campo y cómo se da la lucha de clases y quiénes serían los aliados tácticos, los aliados estratégicos y los enemigos del proletariado en el medio rural”.

Puede que todo eso les suene muy prescriptivo, muy normativo. Y, en efecto, lo es. Lo digo sin ninguna connotación peyorativa. Es importante ser claros sobre este punto: al enunciarse en el espacio político del marxismo clásico, el “campesinado” se constituye como una figura teórica que responde a la hipótesis de una alianza obrero-campesina de carácter comunista. El campesino es aquel sujeto político potencial que, al estar expuesto al movimiento del capital agrario en sus distintas expresiones, se acercará al proletariado para pensar, junto a él, la posibilidad de una nueva existencia colectiva que se ubique más allá de los imperativos y las restricciones inherentes al mando capitalista. El campesino será invitado a pensar la producción, a pensar en sus capacidades productivas y en el desarrollo mismo de su modo de vida a partir de un diálogo anticapitalista con aquellos sectores de la clase trabajadora urbana que ya han identificado en sí mismos la capacidad de gobernar sus vidas y organizar la totalidad de la producción sin rendirles cuenta a los a priori del desarrollo capitalista.

En ese sentido, cuando un investigador marxista se propone pensar la lucha popular en el campo, lo hace en el horizonte de un anticapitalismo organizado que necesita salir en búsqueda de sus propias condiciones de realización.

En cuanto a mí, cuando decidí dedicarme al estudio del sistema de crédito que servía para mediar el acceso a la tierra de un conjunto de asalariados rurales de Bella Unión (Uruguay), no lo hice primordialmente para ahondar en el debate antropológico sobre, digamos, el estilo de vida de los trabajadores del campo y sus prácticas de resistencia cotidiana. Y aunque durante mi investigación yo me haya encontrado con múltiples formas de resistencia y sistemas valorativos que cuestionaban el orden de cosas existente –aunque no necesariamente lo subvertían– este no era el foco principal de mi estudio.

Mi trabajo de campo se dio en el marco de un compromiso político con un grupo de dirigentes sindicales que, en aquel entonces (hablo del año 2015), se preguntaba por qué la lucha por la tierra en el marco de la expansión de la agroindustria azucarera en el norte del Uruguay tendía a desembocar en la frustración de las consignas históricas de la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas (la UTAA) y en la reproducción de nuevas y viejas formas de subordinación social y económica.

Es cierto que la investigación que conduje en colaboración con la dirigencia de la UTAA en Bella Unión dio origen a una tesis doctoral. Sin embargo, antes de que esto sucediera, aquella investigación ya había producido unos resultados concretos al subsidiar la formulación de nuevos enunciados sobre el acceso y el uso de la tierra en el marco del movimiento popular de los cortadores de caña bellaunionenses. Fue solo por este motivo que mi investigación participó humildemente en una tradición marxista.

Ahora bien, ¿qué elementos puede aportar dicha investigación a la temática del “campesinado”?

En convergencia con lo que les planteé hasta aquí, yo diría que, en un sentido marxista, el campesinado no describe únicamente el estado actual de la relación de ciertas colectividades humanas con los medios de producción, la tierra y los movimientos del capital. Quizás, de manera más primordial, la palabra “campesinado” indique una problemática estratégica que concierne al sujeto que sostiene, en lo relativo al uso de la tierra, un conjunto de prioridades, apuestas existenciales, deseos y prácticas colectivas que tensionan la reproducción del capital agrario. Se trata, por tanto, de una problemática estratégica en el campo de la política anti-capitalista (lo que, dicho sea de paso, tal vez explique por qué hoy en día las ciencias sociales convencionales puedan existir tranquilamente sin hablar de campesinos).

Mi investigación junto a los asalariados rurales que accedían a la tierra para plantar caña en Bella Unión evidenció que el monopolio capitalista del territorio y de la capacidad productiva de las personas –en este caso, en el marco de una política estatal de desarrollo orientada a la expansión de la producción cañera– depende del estímulo de ciertos objetos de deseo en desmedro del despliegue de otras formas de desear. Hay, entonces, todo un armado capitalista del deseo colectivo que se sostiene mediante sistemas de crédito, promesas de consumo, cadenas de mando y obediencia, relaciones de poder que albergan distintas formas de agencia y resistencia. Pero esto no es todo. Sucede, también, que las mismas personas que se convierten en productores rurales bajo ciertas condiciones de reclutamiento productivo no siempre ejecutan como “deberían” aquellas funciones económicas que los planificadores del desarrollo esperan de ellas. En ocasiones –y esto lo discuto en detalle en el artículo que seleccionamos para este encuentro–, el deseo de salario de quienes eran convocados a convertirse en proveedores de materia prima para la agroindustria no se convertía, de modo fluido y lineal, en el deseo de capital que los funcionarios del Estado uruguayo trataban de estimular en los beneficiarios de su política de desarrollo. Así, el consumo improductivo de los préstamos de capital destinados a la producción cañera, es decir, el uso de estos préstamos para fines no capitalísticos, terminaba redundando en el repliegue de la producción agrícola, el relajamiento del trabajo productivo, el endeudamiento crónico y la pérdida potencial del derecho a usufructuar de las parcelas asignadas por el Instituto Nacional de Colonización.

En este caso, ¿estamos ante una problemática campesina? Probablemente sí, pero solamente si dicha problemática se convierte en un punto de partida para el replanteo, así sea local, de la cuestión agraria, es decir, de la cuestión de para qué sirve la tierra y en qué condiciones se la puede ocupar y volverla productiva. Quizás sea por eso que, a fines del 2015, cuando el drama del endeudamiento en las colonias agrícolas de Bella Unión fue enunciado por la UTAA en el marco de un proyecto de reforma agraria basado en préstamos no reembolsables, trabajo cooperativo y producción de alimentos para el mercado local, el Movimiento por la Tierra, una organización muy querida para el compañero Pablo, se haya solidarizado inmediatamente con la lucha del sindicato.

El campesinado dialéctico, voluntario, se constituye allí donde la lucha por la tierra y el debate sobre la producción se convierten en una cuestión colectiva que apunta a la creación de un nuevo sujeto político, capaz de disputarle la capacidad de mando a los detentadores del capital. En ausencia de este tipo de proceso de constitución política, el “campesinado” no es más que una categoría genérica y volátil de análisis científico-social que se refiere a una pluralidad infinita de formas de vida y modalidades de resistencia. Con todo, una vez que la cuestión agraria se constituye políticamente, en medio y a través de las formas de vida existentes, en tanto espacio de redefinición de la existencia misma de las personas, una vez que esto sucede, el campesinado reluce ante la sensibilidad teórica, política y experiencial del marxismo. Y mientras algo así no sucede, mientras la política anticapitalista no desafía el capital agrario en forma concreta y situada, la investigación marxista trabaja humildemente desde lo que uno se sentiría tentado a llamar una “hipótesis campesina”. Se trata de la hipótesis según la cual, en el mundo de la producción rural sometida a los designios del capital, se manifiestan intereses contradictorios que indican la existencia posible de unos deseos heterogéneos; deseos que no se dirimen los unos en los otros y que, en algunos casos, pueden prolongarse en los deseos de quienes padecemos, desde otros ámbitos de la vida social, los malestares suscitados por nuestro propio reclutamiento laboral y productivo. La hipótesis campesina es, pues, la hipótesis de un encuentro revolucionario entre deseos y malestares potencialmente convergentes que, a primera vista, parecerían no comunicarse y cuya comunicación efectiva demanda un intenso esfuerzo de encuentro, investigación y comunión de categorías de pensamiento. Sin embargo, quisiera reiterar que esa hipótesis solo tiene sentido cuando –para volver a Grüner– quienes la formulan ya estén ensayando la transformación de la realidad y, por eso mismo, sientan la necesidad de interpretar el mundo en búsqueda de aliados y amigos que puedan potenciar, profundizar, radicalizar y diseminar el impulso transformador que efectivamente los moviliza.

O Grupo de Estudos em Antropologia Crítica é um coletivo independente que atua na criação de espaços de auto-formação e invenção teórico-metodológica. Constituído em 2011, o GEAC se propõe, basicamente, a praticar “marxismos com antropologias”. Isto significa desenvolver meios para refletir, de maneira situada, sobre os devires radicais da conflitividade social contemporânea. Delirada pelo marxismo, a antropologia se transforma, para o GEAC, numa prática de pesquisa e acompanhamento político das alteridades rebeldes que transbordam e transgridem a pretensão totalitária do modo de produção vigente e da sua parafernália institucional.

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